Es grandioso para un niño
citadino adentrarse en un mundo completamente desconocido, como lo es el bosque
sub tropical andino. Nunca me imaginé que en ese espeso verde, aparentemente
estático pudieran existir seres tan maravillosos.
Cuando me hablaron de ellos me
creé una serie de expectativas y de ilusiones, fantaseaba con la idea de la
cacería, pero hoy por hoy pienso que habría sido mejor si la motivación hubiera
sido distinta teniendo en cuenta que el personaje central sigue siendo el mismo.
Un muy buen amigo de mi
familia, uno de esos Pachunos de cepa me prometió llevarme un día a una de sus
eventuales cacerías por las montañas de las veredas altas del municipio, la
proposición me interesó tanto que él terminó llevándome por mi insistencia y
porque yo se lo recordaba cada vez que lo veía.Como las cosas por lo general
siempre suceden cuando uno menos se lo espera, una tarde se topó conmigo y me
dijo: Hoy voy de cacería, ¿Me va a acompañar?
El hombre se demoró
más en invitarme que yo en convencer a mi mamá y ponerme la pinta de cazador. Era
una aventura, un juego que no había jugado. Una de esas ilusiones que tienen
los niños como tantas otras: montar a caballo, pilotear un helicóptero o tener
como mascota un león. Pero pensándolo mejor se puede tratar del ancestro común
al que la segregación de adrenalina que le generaba perseguir antílopes, daba
indicios y latidos por redimir.
Cuando emprendimos el camino
luego de un par de horas la expectativa y la ansiedad se fueron disipando con
el cansancio. Mi amigo el cazador se comportaba de una manera metódica,
disciplinada y profesional, lo recuerdo y en verdad era así; el paso sostenido
durante toda la travesía; la actitud observadora, era evidente que había
agudizado sus cinco sentidos; su cambio se produjo desde el momento en que
cruzamos la primera cerca de alambres de púas, yo crucé primero mientras mi
amigo extendía los alambres con la bota y la mano. Luego él se inclinó y cuando
atravesó la cerca y a medida que se erguía y terciaba su escopeta el semblante
y la gesticulación de su rostro eran otros. Adentrados en el bosque me
desconcertaba el sentido de la ubicación del cazador, era como si reconociera
cada árbol, cada arbusto y cada sendero. Inspeccionamos el área como cuando uno
busca a un conocido en los lugares que frecuenta, es paradójico el peor enemigo
del animal es el que mejor conoce sus secretos, pero no podemos hablar de
traición porque lastimosamente nunca ha existido amistad. Buscamos rastros en
el aljibe, en los higuerones y en los senderos. Estábamos de tras de una huella
en la greda húmeda o una impresión de los incisivos del roedor grabada en una
fruta madura caída
–Lo que vamos a
hacer es subirnos a la garita y esperar a que anochezca. –Dijo el cazador.
La garita era una
estructura conformada por una vara atravesada y sostenida por dos arbustos.
Duramos unas dos horas encaramados, yo tenía las dos piernas encalambradas y la
cara tan picada por los zancudos que no pude evitar moverme y hacer ruido. La
situación se volvió tan desesperante para mí que comencé a interrumpir el
sigilo.
–Escucho un ruido,
debe ser la boruga.
–No es la boruga,
es una fara. –Me tranquilizaba mi amigo el cazador.
La misma
intervención la hice como tres veces, pero para nada afectaron la concentración
del cazador en lo que le indicaban sus sentidos.
Recuerdo la oscuridad y mis
piernas el dolor. La linterna brilló, ¡Pratt!... Al reaccionar, vi rodar el
animal peludo con pecas blancas y al cazador poniéndole la bota encima, como si
de pronto le quedaran alientos de resucitar luego de un tiro con perdigones en
la cabeza. No sé en que momento pasó todo, pero el cazador escuchó, olió,
encendió la linterna y la alineó con el cañón, encandelilló la boruga, apuntó,
disparó, saltó de la garita, le colocó el píe encima, celebró con una sonrisa y
yo no me pude bajar por mis propios medios de la garita.
Fue un animal hermoso hasta
que dio con nosotros, tenía una buena masa muscular y su barriga estaba bien
llena de alimento, su pelo brillaba con una grasa que sugería una buena salud.
Los incisivos que la delataron como lo reportaba la fruta eran anchos y agudos.
En la casa del cazador nos
recibieron con la atención que se merecían los vencedores, beso y abrazo por
aquí, todo era felicidad. No lo conté antes pero mientras descendíamos el
animal me fue desocupando un líquido transparente con cierto grado de
viscosidad, en el momento pensé que se trataba de la orina que se vertía debido
a la presión que ejercía mi hombro sobre
el vientre, pero no me pude vender esa idea porque sabia que la orina tenía un
olor mas fuerte.
Luego de haber registrado el
suceso con el pesaje del ejemplar y la toma de las fotos con toda la familia,
se procedió al segundo paso del proceso, el arreglo del animal. La esposa del
cazador fue la que lideró la función, un cargo tan importante y sin menor valor
que el de la propia cacería. Hasta ese momento la emoción y la energía me
alcanzaba para seguir participando. Ella luego de alistar sus implementos:
cuchillo, piedra de afilar, delantal plástico, un par de recipientes y un buen
chorro de agua realizó la incisión abdominal. Sin el cuidado de un cirujano de
no dañar órganos, la señora cortó y se resortaron las vísceras. Se comprobó que
la boruga se había alimentado muy bien por la cantidad que se extrajo de su
estomago. Ella al creer que no había nada más, desconociendo cortó la membrana,
asomándose las afiladas garritas de la mano, era una criatura tan pequeña pero
tan bien conformada que su llegada al bosque mínimo debió haber sido esa misma
noche.
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